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Municipio

Escudo del Ayuntamiento de Alfacar

Plaza de la Iglesia, nº 1

CIF: P1801200E

Está en:

Alfacar Árabe

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En aquella época, en el entorno de Aynadamar, se levantaban palacios, mezquitas y edificios altos y fortificados, actualmente siguen existiendo cimientos de algunas construcciones - e incluso baños donde se hacían las abluciones propias de la religión musulmana - como testimonio de ello, se conservan restos, así tenemos “ La Casa del Baño”, en la actualidad dando nombre a una placeta, que al igual que la casa, se llama “del Baño”. También Jorquera cita la existencia de un castillo, construcciones cercanas a un Mimbar del que no han llegado restos a nuestros días. Además, existían torres de las que tampoco ha quedado vestigio alguno, pero por la literatura existente, se emplazarían en la zona Sur del municipio, según las capitulaciones originales de la rendición.

En esta época se habla de una población de 980 personas, con un padrón de viviendas de 245 casas y se dividía el municipio en dos barrios: Alfacar Alta y Alfacar Baja.

En los siglos XIV y XV, la localidad viene registrada por diferentes autores como Al-Jatib o Ibn- Battuta, tanto para lugar de recreo o diversión, como para escenario de las continuas luchas de los últimos años de la Reconquista, siendo Alfacar uno de los últimos pueblos en rendirse ante los Reyes Católicos, pero antes de la Toma de Granada, el 22 de Diciembre de 1491, se firman las “Capitulaciones de Alfacar” por los habitantes musulmanes que ponían fin al último foco de resistencia de los nazaríes ante las tropas de los Reyes Católicos, en la que fue la última capitulación de la guerra.

La rebelión de los moriscos a finales del siglo XVI - sublevación de Aben Humeya en la Alpujarra, y a la que se avinieron los moriscos del reino que tuvo carácter violento - no tuvo eco en Alfacar, limitándose los de la localidad a subir a “Las Canteras” en señal de protesta; con motivo de esa sublevación, se da una pragmática de Felipe II, en 1570, que decreta la expulsión de los moriscos, cuyas familias tuvieron que abandonar sus casas, tierras y enseres camino del destierro, población que fue sustituida por familias procedentes de La Mancha, Navarra, León, Galicia, Vizcaya, Montilla, Lucena, Campotéjar y Toledo.

La Capitulación de Alfacar y posterior Expulsión Morisca.

La capitulación de Alfacar, el 22 de diciembre de 1491, ponía fin al último foco de resistencia de los nazaríes ante las tropas de los Reyes Católicos en su decidida marcha sobre la capital. Se alcanzaba así la que “en rigor, es la última capitulación de la guerra y suscribe aproximadamente todo lo acordado en Granada días atrás, lo que supone que los términos de la capitulación de la ciudad eran del dominio público antes de la entrada”.

Fue acordada entre los Reyes Católicos y Mohamad Alfoaty y Yuca Mocatil, alcaldes de las “torres” de Alfacar “por sy é en nombre de los alguaciles, alcadís, alfaquíes, e viejos é buenos onbres, chicos é grandes, machos é henbras, de la villa de Alfacar” y se compone de nueve puntos:

1. En el primero, se acoge a los habitantes musulmanes como “vasallos é súbditos e naturales”; se les dejan “sus casas é faziendas” y se les concede la permanencia en su ley y ser juzgados por sus autoridades “con consejo de sus alcadís”, con todas las garantías de justicia, honra, “amparo é seguro é defendimiento Real” como corresponde a servidores y vasallos.

2. A quienes quisieran pasar “allende”, se les da todo tipo de garantías, según el orden recogido en la capitulación de la ciudad de Granada.

3. Se les garantiza total libertad de movimientos dentro de los “nuestros Reynos e señoríos”, así como en las transacciones comerciales, disposición de sus haciendas, etc.

4. No pagarán en los “puertos” más derechos que los cristianos.

5. Se les perdonan todos los delitos, aun los de sangre, cometidos en el pasado.

6. Se les conceden franquicias, por tres años, para veinte casas “quales ellos nombraren”.

7. Asimismo, para sembrar 170 cadahes de tierra y un molino de aceite de los alcaides citados, “sin las lleuar por las dichas tierras nin por el dicho molino cosa alguna”.

8. Se ordena la liberación de cuatro moros en poder de sendas personas principales, y

9. Se asienta que el cadí Abenmuza y Alí Mocatil sean alguaciles de Alfacar con todos los privilegios, “segund que fasta aquí”.

El día 23, viernes, de diciembre, se entregarían “las torres de la dicha villa”, así como los cautivos cristianos que a la sazón hubiere. “Por mandado” de los reyes, firmaba su secretario Hernando de Zafra.

Este corto articulado sentaba –y es lo que verdaderamente interesa- las garantías suficientes para el mantenimiento de la población musulmana preexistente. Las capitulaciones de Granada, más generales y ambiciosas –por cuanto iban a echar las bases del status futuro de una gran parte del reino-, reafirmaban categóricamente el contenido de la particular de Alfacar. La evolución posterior, tan adversa para la minoría musulmana, es otra historia; la rebelión de 1500, un primer eslabón de una cadena ininterrumpida de actuaciones, de una y otra parte, en que la intolerancia jugó el mayor papel, sobre todo, cuando la corriente burocrática encabezada por don Pedro de Deza impuso en todo su rigor una política de asimilación brutal de la etnia morisca; el alzamiento de 1568 y la guerra subsiguiente, el capítulo final, con la triste secuela del destierro masivo de la comunidad morisca.

En la navidad de 1568, la rebelión morisca era un hecho que pronto afectaría a las zonas más sensibilizadas del reino, allí donde la población morisca era mayor y donde la crisis de la sericultura había incidido más crudamente, en coincidencia causal con la mayor lejanía de la ciudad y de su control. Alfacar siguió la tónica pacífica de la Vega. Como informa Henríquez de Jonquera, “levantáronse sus moriscos cuando el alzamiento, subiéndose a la sierra, mas fue sin daño de los vecinos cristianos y de sus clérigos, quedando su templo entero y sin detrimento alguno”. Esta actitud no determinó, como es sabido, un trato diferencial respecto de los que empuñaron las armas.

El 28 de octubre de 1570 se ordenó, por Felipe II, la expulsión de los moriscos del Reino de Granada, seguida de una real cédula, de 24 de febrero de 1571, en que, además de la confirmación de la expulsión, se disponía la confiscación de todos sus bienes, como pena establecida por el derecho y las leyes del reino para “los incursos en los crímenes ‘lesae divinae et humanae majestati’”. Esta confiscación afectaba a todos los moriscos alzados en armas y a sus cómplices y ayudadores; pero, junto a ellos, existían otros, también expulsados, que no habían participado en la rebelión, y por tanto no se les podía aplicar la pena de la confiscación. A éstos, se les expropiaba, porque al estar ausentes no podían atender a la administración y cuidado de sus haciendas; “se trata –dice Oriol Catena- de una expropiación fundada en las necesidades del cultivo y en la imposibilidad por parte del propietario y se establece la correspondiente indemnización que es lo característico de la expropiación”.

Inmediatamente, se abría “el período de repoblación”, con la emisión de la instrucción del 22 de marzo de 1571 para la “repoblación y administración de la hacienda confiscada a los moriscos”. Repobladores que procedían en su mayoría de La Mancha, Navarra, León, Galicia, Vizcaya, Montilla, Lucena, Campotéjar y Toledo.

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Este proyecto ha sido incentivado por la Consejería de Innovación, Ciencia y Empresa de la Junta de Andalucía.